Hay algo que no siempre se puede predecir antes de un concierto escolar: cómo va a responder el público. Y cuando ese público son cerca de 200 estudiantes de preescolar, primaria y secundaria, la incertidumbre es mayor todavía. El pasado viernes, Fundación Música que Humaniza llegó al Colegio Nourish con el Cuarteto de Cuerdas Krosch y la mediación artística de Fernando Guajardo, y lo que encontró fue algo que vale la pena documentar: una sala llena de atención genuina.
El programa El cuarteto y el secreto de la música guió a los estudiantes a través de obras de Mozart, Beethoven, Brahms, Vivaldi, Pachelbel y Strauss. Pero más que un recorrido por el repertorio clásico, el concierto fue una conversación. Fernando Guajardo presentó a los compositores no como figuras de otro tiempo, sino como personas con historias, peculiaridades y música que sigue viva siglos después. Los alumnos conocieron las partes de los instrumentos de cuerda, los nombres de quienes los inventaron o perfeccionaron, y los contextos detrás de las piezas que escuchaban.
Cantar juntos tiene algo que las palabras difícilmente explican. Cuando Fernando invitó a los estudiantes a unirse al cuarteto con la melodía de Martinillo, el salón se transformó: una voz comenzó, luego otra la persiguió, y de repente doscientas voces estaban tejiendo sin saberlo una de las formas musicales más antiguas de la historia. El canon dejó de ser un concepto del libro de texto para convertirse en algo que los estudiantes habían hecho con su propia voz. Aplausos, risas y más de un par de pies que no pudieron quedarse quietos completaron el momento.

Lo que vino al final, sin embargo, fue quizás lo más revelador. Al concluir el programa, Fernando hizo preguntas al público sobre lo que habían escuchado: los compositores, los instrumentos, las obras. Las respuestas llegaron con una seguridad y precisión que sorprendió incluso a quienes conocen bien estos conciertos. Los estudiantes recordaron nombres, datos y anécdotas. Y entre todas las respuestas, hubo una que nadie esperaba: varios alumnos recordaron correctamente el nombre de Eine Kleine Nachtmusik — en alemán, tal como suena, tal como lo habían escuchado esa mañana.
Es difícil pedir más que eso a un concierto escolar. No se trata de que los niños salgan convertidos en expertos, sino de que algo quede: una imagen, un nombre, una melodía que algún día reconocerán en otro contexto y que los hará sentir, por un momento, que la música clásica también les pertenece. En el Colegio Nourish, ese algo quedó en muchos.










