Cien estudiantes y un abuelo de la música clásica

Un concierto para cien estudiantes tiene una dinámica distinta a la de un auditorio lleno. No hay donde esconderse — ni para el público ni para los músicos. Cada reacción es visible, cada gesto cuenta, y la conexión entre quienes tocan y quienes escuchan puede volverse algo genuinamente cercano. Eso fue lo que ocurrió el lunes en la Escuela Primaria Valeriano González, cuando Fundación Música que Humaniza llegó con El Tesoro de los Grandes, el Toxic Brass y Fernando Guajardo.

El programa comenzó, como su nombre sugiere, con una búsqueda. Antes de que sonara la primera nota, los estudiantes se adentraron en la dinámica del tesoro: una exploración que los llevó a descubrir no solo música, sino también qué es la arqueología y cómo los seres humanos rastrean lo que generaciones anteriores dejaron atrás. En este caso, el tesoro eran los grandes compositores — Bach, Mozart, Beethoven, Bizet, Offenbach, Rossini — y las obras que siguen vivas siglos después de haber sido escritas.

Durante poco más de 40 minutos, Fernando Guajardo fue guiando a los estudiantes por ese repertorio: las historias detrás de los compositores, las formas musicales que los distinguen, los instrumentos del quinteto de metales que los hacía sonar. El Toxic Brass puso el sonido; Fernando puso el contexto. Juntos convirtieron el patio de la escuela en algo que se parecía bastante a una sala de descubrimientos.

📷 Daniel Bardán

El Coro del Toreador de Bizet trajo, como en cada presentación de este programa, ese momento en que el público deja de ser público. Fernando invitó a los estudiantes a cantar, y cantaron. Cien voces que quizás nunca habían escuchado a Bizet encontraron en su melodía algo suficientemente natural como para unirse sin dudarlo. Pocas cosas ilustran mejor el propósito de estos conciertos.

Pero el momento que mejor resume lo que fue esta visita llegó al final, de manera completamente espontánea. Los estudiantes de la Valeriano González, agradecidos y encariñados con quienes los habían acompañado esa mañana, decidieron adoptar a Fernando Guajardo como su abuelo. No como figura retórica, sino con la convicción genuina de los niños que cuando algo les gusta, lo dicen. Para alguien que lleva años acercando la música clásica a quienes nunca han tenido acceso a ella, difícilmente hay mejor reconocimiento que ese.

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