El día que todos quisieron conocer al bebé

El viernes comenzó en Monterrey con un calor que no perdonaba. La noche anterior había dejado a muchas colonias sin luz, sin aire acondicionado, sin descanso — y la mañana no traía alivio. Nadie hubiera adivinado que horas después la ciudad estaría bajo una de las tormentas más intensas del año. Pero eso vendría después. Primero, había un concierto.

En el Jardín de Niños Ciro R. Cantú, Fundación Música que Humaniza presentó El Cuarteto y el Secreto de la Música con el Cuarteto de Cuerdas Krosch y Fernando Guajardo para cerca de 70 estudiantes y sus maestros. El programa recorrió obras de Mozart, Beethoven, Pachelbel, Vivaldi, Brahms y Strauss, con Fernando construyendo junto a los estudiantes un vocabulario nuevo: los porqués detrás de la música, las formas que la estructuran, los instrumentos que la producen. Con La Primavera de Vivaldi aprendieron que los compositores escribían para contar historias — que detrás de cada pieza había una imagen, una intención, un mundo que el compositor quería compartir. Con Martinillo descubrieron el canon cantándolo ellos mismos, voces persiguiéndose en una de las formas musicales más antiguas de la historia.

Pero el momento que se llevó la mañana llegó con Fernando vestido de médico, empujando una pequeña ambulancia. Dentro, envuelto con todo el cuidado que merece un recién nacido, había un violín — uno tan pequeño que Fernando lo llama el violín bebé. La premisa es simple y perfecta: así como un bebé tiene cabeza, cuello y cuerpo, el violín también. Y había que asegurarse, junto a los niños, de que el bebé tuviera todas sus partes — igual que su papá. Los estudiantes siguieron el chequeo con una atención total. Y entonces ocurrió algo que nunca había pasado antes: los niños se levantaron de sus lugares y se acercaron a Fernando, como si quisieran asomarse a la cunita del recién llegado. Nadie se los pidió. Simplemente quisieron estar cerca.

El concierto terminó poco después. Y justo en ese momento, sin aviso, el cielo de Monterrey se abrió. La tormenta que cayó esa tarde fue de las que no se olvidan — calles inundadas, vientos fuertes, una ciudad tomada por sorpresa. Pero adentro del salón del Jardín de Niños Ciro R. Cantú, momentos antes, Vivaldi había contado en música la historia de la primavera: sus lluvias, su energía, su fuerza renovada. Quizás la lluvia no llegó tarde a la función. Quizás simplemente esperó a que terminara para aplaudir a su manera.

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